miércoles, 26 de junio de 2013

¿A dónde dirijo el rostro si quiero toparme con el ayer?

…en ciertas condiciones históricas —como quizá la nuestra— la tarea más creativa y humana de Penélope no es el sensato tejido diurno, sino el trabajo nocturno que deshace aquel tejido.
Claudio Magris
 Estoy en mi habitación, rodeado por mis cuadernos de apuntes, mis esquemas de trabajo y un gastado fascículo perteneciente a una de las tantas ediciones del diccionario Larousse. Una antigua promoción comercial permitía contar con la enciclopedia completa, siempre y cuando se comprara cierta revista que salía cada semana. Mi padre fue quien se encargó, diligentemente, de reunirnos la colección. El fascículo viene a ser en realidad un cuadernillo con el lomo empastado y que como seña más llamativa exhibe una serie de minúsculas manchas de color marrón que reviste el borde de sus páginas. Si lo abro, noto de inmediato que el margen utilizado por las palabras y sus significados los mantiene a salvo de la especie de aureola amarillenta que ha crecido desde aquellas manchas. Por unos instantes no puedo quitar la mirada de la franja que se forma entre el margen de las palabras y el borde de la página. Y aunque en un principio no sé explicarme el porqué de este gesto, luego caigo en cuenta que se debe a que estoy contemplando, en todo su esplendor, el único y verdadero reino de los hombres. Es decir, el espacio sobrante en el que vivimos entre lo transitorio y lo inexorable, entre el conocimiento que durante siglos hemos ido adquiriendo, atesorando y continuado heredando y el desconcierto que nunca ha cesado de provocarnos la permanente presencia del tiempo.


Pascal decía que el tiempo era de esa clase de cosas que resultaba imposible e inútil definir. Debido a ello, ya se hallaba presente en la mente de los hombres, gracias a la comprensión que les había dado la naturaleza. Y si bien no todos compartían la misma idea sobre su esencia, sí podían conocer y entender la relación entre el nombre y la cosa.

Sucede que quiero escribir sobre el tiempo, pero es en vano: el tiempo se manifiesta en todo, es imposible escribir sobre todo. Entonces, descubro que es, más bien, el tiempo quien me escribe. Pues que yo quiera escribir sobre el tiempo o que yo escriba de la forma en que escribo no son más que marcas del tiempo en el que vivo.

Entre mis apuntes encuentro una nota que describe el presente actual:
“…y los recovecos de las casas, de los depósitos, de las tiendas y demás, son asaltados por hordas de sujetos desesperados, amantes de tendencias y estilos de vida aparentemente extintos. Ya no se trata tan solo de apoderarse de las prendas mejor conservadas o de algunos artículos suntuosos debidamente rescatados. Va más allá de una típica fiebre propiciada por la moda; se extiende hacia otro tipo de objetos, los más comunes, los más cotidianos, los más sencillos. Hablo de juguetes, de adornitos caseros, de inservibles aparatos eléctricos, de instrumentos oxidados, de fantasmas. Nuevas empresas nacen aprovechando esta nostalgia colectiva. Nombres que se hallaban refugiados en el olvido, como los de ciertas marcas de bebidas y de golosinas, de algunos establecimientos comerciales, de varias series de televisión y películas, vuelven a instalarse frente a uno. La creatividad de los productores de cine parece haber llegado a un límite, porque ya no se alaba la novedad de un guión o de un director, salvo en pocas —rarísimas— ocasiones, sino la habilidad para lograr que el remake sea exitoso en las taquillas, y también supere (es decir, iguale) la calidad de la película madre. Surgen cada vez más estaciones de radio cuyas programaciones están enfatizadas en una u otra determinada década del siglo acabado (los sesenta, los setenta, los ochenta, los noventa…), antes que en un género o estilo contemporáneos. Hasta las grandes marcas comerciales dedicadas al fútbol —la religión suprema en el mundo de hoy— fabrican uniformes idénticos a los primeros que se utilizaron en la historia de los países que con ellas tienen contratos pactados. Inclusive, algunas de las aplicaciones utilizadas por equipos tecnológicos de última generación como cámaras digitales, teléfonos celulares, smartphones, laptops y tablets se diseñan para que puedan provocar un efecto cercano al que el artificio antecesor de cada uno de esos equipos, lograba en su propia época. Y cuando en las noticias se anuncia el cierre de la última fábrica de determinado objeto o artefacto (automóviles Wolkswagen del modelo “Escarabajo”, reproductores VHS, máquinas de escribir, etcétera), decenas de miles de sujetos en el mundo lo lamentan como si con ello se estuviese muriendo una parte de sí…”




Me pregunto: ¿Será que extraviamos algo muy valioso que nunca más fuimos capaces de recuperar —y de recuperarnos—, y nos dimos cuenta de ello porque no fuimos capaces de recordar que lo tuvimos o porque ya no estaríamos preparados jamás para volverlo a tener, y no nos quedó más que lamentarnos y consolarnos con simples simulacros?

Luego, otro de mis apuntes sale a la luz:
“Ocurre que, luego de haber paseado desorientados entre una habitación y otra, aunque a dicha situación le llamamos vida, al fin aparecemos en el pasadizo del tiempo donde descansan sobre el suelo las piezas mudas de aquel antiguo espejo que solíamos conocer como la verdad. Nos angustiamos intentando reunir sus esquirlas de acuerdo al tibio recuerdo que guardamos de nuestros reflejos. Sin embargo, descubrimos que, sea cual sea la combinación alcanzada, ninguno de nosotros recupera el reflejo de antes, el de un solo cuerpo, el de un solo rostro —tal como se supone habíamos sido creados originalmente—, y todo porque se trataba de una ilusión, ya que el espejo nos había estado engañando desde siempre.”

Tras leer el primero, me digo que todos esos objetos no son más que simulacros, imanes de la memoria. ¿Por qué son cada vez más valiosos? ¿Por haber resistido el paso del tiempo o por el solo hecho de provenir del pasado? En el caso del segundo, aunque de una forma más “lírica”, reflexiono sobre el mismo punto (de paso que hallo la respuesta a las interrogantes realizadas apenas un par de líneas arriba): estamos tratando de reunir las piezas que conforman nuestra identidad. Nos hemos espantado al enterarnos de que no somos un bloque sólido, con límites bien marcados, con medidas claras. Somos como los collages. Y es sabido que, por la propia naturaleza de los collages, de ellos nunca puede afirmarse que estén plenamente acabados. Depende de su autor que se les continúe agregando o quitando trozos de papel o de lo que sea.

Entonces, la aflicción de andar por el mundo sin una identidad definida —como solía ser— ha provocado en nosotros esta angurria. Angurria que hoy recibe el nombre de nostalgia.

Alguna vez soñé que viajaba en el interior de un autobús. Como me hallaba en un asiento a espaldas del copiloto no había detalle que se me escapara. Es así que puedo darme cuenta de que los demás pasajeros, personas de apariencia honorable, además de lucir unos rostros despreocupados, cargan —entre sus manos o sobre cualquier otro lugar de sus cuerpos— con distintos objetos. Los miro con mayor atención y descubro que dichos objetos me resultan familiares, pues han sido parte de mi vida, en el pasado. De modo que mientras una mujer se pinta los labios con el mismo lápiz de color que yo tomaba del tocador de mis tías abuelas para dibujar, un muchacho está utilizando la misma correa de cuero que solía llevar mi padre y que se caracterizaba por tener una hebilla de plata. Me fijo en los demás, y todos tienen algún otro objeto que… Aquí, sin embargo, es donde encuentro una traba para seguir escribiendo. Porque no es como en el sueño donde si uno desea huir, basta con que se despierte. Acá debo enfrentarlo. Y me refiero a la duda que viene a mí cuando intento describir esta última escena: ¿Cuál sería la expresión correcta? ¿Decir que cualquiera de esos objetos “me pertenece” o “me perteneció”? Por supuesto, ahora ya no poseo ni ese lápiz de color ni esa correa de cuero, el lápiz creo que lo usé hasta gastarlo y la correa no sé en dónde está, pero son sus imágenes y las impresiones que me produjeron alguna vez las que me obligan a decir —ya que así lo percibo— que todavía se encuentran aquí conmigo. Según leí en La rama dorada de J. G. Frazer, la magia contaminante —una de las versiones bajo la que presenta la magia propiamente dicha— se halla sostenida sobre el siguiente principio: que el vínculo entre las cosas que alguna vez estuvieron en contacto perdura, aun después de que se las separe, así que lo que se le haga a una afectará instantáneamente a la otra. ¿Acaso la nostalgia no vendría a ser una precisa demostración de esa forma de magia? Ya que ambas persiguen el mismo objetivo: diluir, por unos instantes, las barreras espacio-temporales entre alguien y una parte de ese alguien.

De un poema de Juarroz: “Y sospecho que hubiera sido preferible / quedarme en aquella perdida parte mía / y no en este casi todo / que aún sigue sin caer.”


¿Qué tan cierta es esta sensación de nostalgia que nos está invadiendo? ¿Es una manera de reconciliarnos con el pasado y así obtener las pistas y los medios que necesitamos para encontrarnos? ¿O solo lo idealizamos porque nuestro presente luce estéril e insalvable por completo? Pero ¿y si ambas alternativas fuesen válidas? Pienso que no habría problema. Y no lo habría porque ambas son válidas. Ya que sufrir por la nostalgia hoy en día resulta algo normal —hasta inicios del siglo XX seguía siendo considerada una enfermedad del espíritu, y los que se apartaban de su tierra por un tiempo prolongado eran sus principales víctimas, lo que hace que me pregunte ¿cuál es esa tierra que hemos dejado y a la cual necesitaríamos regresar?—, pero sufrirla por algo que nunca se ha tenido o vivido ¿es una invención valiosa o una miserable falsificación? ¿Existe diferencia alguna?

Estoy convencido de que debido a nuestra condición de collages vivientes tenemos la alternativa de inventarnos vínculos con el pasado. Pero solo si existe una verdadera identificación —un vínculo sincero— con los objetos del pasado, estaremos creándonos la identidad que ahora no tenemos. El contacto directo, por ende, queda en un segundo plano. La memoria se posa sobre los objetos de la misma manera que una sombra. Por donde se cierne, se estará situando. Y de este modo la angurria puede llegar a ser algo más que la nostalgia, puede ser esperanza.

La nostalgia solo se manifiesta si hay un distanciamiento de por medio, sea en el tiempo, sea en el espacio. Es decir, si un camino ha sido recorrido, pero sobre todo si uno, recorriendo ese mismo camino, se ha ido dispersando en él, con voluntad o sin ella. De tal modo que el volumen de su alma —¿alguien, alguna vez, se ha molestado en medir el peso y la altura de aquello que llama alma?— nunca revelará su real dimensión si solo se considera lo que dictan el aquí y el ahora, y no incluye, también, lo que tienen para decir el allá y el antes. La nostalgia, aunque muchos deseen percibirla así, no es un volver al pasado ni un pasado que está volviendo. Es en verdad la necesidad del presente que, cansado de estar confundido consigo mismo, opta por reconfigurarse, reconstruirse, recomponerse, aunque ello implique alterar sin compasión la ilusoria solidez de roca con la que carga el pasado, para poder —nuevamente— reconocerse. 

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