martes, 30 de abril de 2013

"A observar, pues" (extracto de una conversación con Luis Rebaza-Soraluz)




Luis Rebaza-Soraluz es, además de un diligente investigador de la poesía y el arte visual latinoamericano, uno de los principales estudiosos de la obra de Jorge Eduardo Eielson (uno de nuestros artistas preferidos, aquí, en El Gran Vidrio). 

Las siguientes líneas pertenecen a una comunicación vía correo electrónico que mantuvimos con él y que se dio hacia fines de 2012.

Queremos agradecerle el que nos haya permitido publicarlas.


Mi trabajo no sólo pretende ser exhaustivo sino también riguroso y creo que cumple ambas exigencias. Las presentaciones que hice la semana pasada [fueron tres conferencias dictadas en la PUCP, entre los días 27 y 29 de noviembre de 2012] reúnen trabajo hecho durante años; son presentaciones y no textos escritos para publicación en medios académicos. Muchas observaciones resumen hallazgos o son conclusiones de análisis exhaustivos. Lo que se presenta son las líneas gruesas. Nada es gratuito y, conforme hago afirmaciones, muestro evidencia de mis afirmaciones; cuando estas no son hechos históricos. 

Mi trabajo, que generalmente tiene bases históricas concretas, respeta lo cronológico cuando muestro una visión de época. De allí que lo que llamas coincidencias no lo sean en el sentido de aspectos azarosos o casuales. Los patrones que encuentro en diferentes prácticas culturales dentro de un período histórico responden al período, no a mí intención de hallar lo que no está. Más que coincidencia, son patrones que se repiten y no se pueden evitar. Son tan coincidentes como lo es la poesía barroca a la arquitectura barroca. Ambas siguen la misma estética y puede que la estética misma, las ideas de cómo combinar y dar forma, los preceda.


De la misma manera, no se debe, desde mi punto de vista, separar los productos literarios de otras artes o del conocimiento científico ya que todo está vinculado. Mi trabajo, por otro lado, aún respetando lo cronológico, no busca ser lineal. La materia y el periodo con los que trabajo, el Fin de Siglo y sus prácticas culturales, se caracterizan justamente por un conflicto entre la linealidad del discurso racional y la multidireccionalidad de otros discursos contemporáneos considerados no racionales. Ahí tienes el Positivismo, el Ocultismo y el espiritismo mano a mano, lo que dió lugar a gente interesada en Teosofía.


Para los acostumbrados a la especialización académica, moverse en paralelo es un reto y, a veces, como ocurría con los espectadores que veían cine por primera vez, algo confuso. A pesar que lo que tienen al frente les es familiar, al no ser parte de su especialización como que es "registrado". De allí que haya gente experta en ideas abstractas que no se sienta capaz de formular un juicio sobre arte abstracto.


En mi experiencia, quienes desde el estudio de la literatura ven acercamientos como el mío como poco riguroso puede que lo hagan porque mi trabajo no sigue ningún marco teórico de moda o reconocible. Las similitudes entre imágenes, o entre imágenes y textos, son del mismo tipo del que se encuentra entre un texto y otro. Son evidencia de la presencia de patrones que pueden explicarse históricamente y que nos dicen sobre la manera de entender el mundo y, lo que es más importante, las relaciones de poder en un momento determinado.


No hay separación real entre disciplinas cuando se trata de lo producido, la separación es arbitraria y hecha a posteriori por las instituciones. Mi formación académica fue en literatura. Mi formación intelectual es en análisis textual, visual y en la producción de literatura e imágenes. Me formé con amigos que poseían lo que entonces se llamaba "cultura general". Me preguntas de dónde sale mi metodología. Bueno, sale de eso, de haber leído, visto y reflexionado. De eso salen, en teoría, todas las teorías. Observación, descripción, etc., el "método científico". En las humanidades aplicar teorías no es preciso. No se puede demostrar nada como en las ciencias "exactas"; de lo que se trata es de argumentación convincente frente a evidencia. 


Lo de omnisciente que tu percibes es justamente eso, no hay "ensayo" en el sentido que no hay interpretación libre de prácticas culturales o una voz personal que opina a partir de su experiencia personal. Lo que hay es un acercamiento que quizá reúne más de un punto de vista, aunque yo afirmo cosas que o descubro o pongo en evidencia para cuestionar otras afirmaciones que me preceden.


Mi trabajo quiere ser, por no decir es, metódico, sistemático y riguroso. Trabajo interdisciplinariamente porque siempre me he movido, como muchos artistas, interdisciplinariamente. Un ejemplo de esto es Eielson. Hablaba hace poco con un estudiante de San Marcos y me decía, después de ver las imágenes que le mostraba, si es que tenía evidencia de lo que afirmaba. Lo que le mostraba no era suficiente evidencia porque esperaba que citara a algún crítico o teórico que él conoce. Lo que no parecía conocer es el corpus. Si yo hubiera dicho Deleuze dice, Lacán dice, o Foucault dice, me hubiera entendido. Ése es, a mi parece, un defecto académico de formación. Se le pide a los estudiantes que aprendan una teoría y que busquen dónde aplicarla. Yo parto de conocer el objeto de estudio y buscar luego herramientas teóricas y conceptuales, y si no las hay, formularlas. Toda teoría viene de la observación. A observar, pues.

martes, 23 de abril de 2013

El principio

—Te has preguntado si en verdad son conflictos intelectuales, es decir, si de verdad son asuntos que te tienen que llevar a ese estado. Te comprendo, pero a veces no sientes como que te estás haciendo demasiados embrollos, a tal punto que acabas atosigándote a ti mismo en pos de un pervertido ideal de perfección formal inalcanzable, por inexistente.
        —Sí, pero uno se exige lo que exige a los demás...
        —Es un círculo vicioso.
—Ah.
—Me frustra no poder escribir un correo porque me interrumpen a cada rato; ello conlleva a que de forma inconsciente vaya creyendo que no soy capaz de escribir. Ella me escribe mucho. Dibuja. Me asusta. Porque también quisiera expresarme, pero la falta de tiempo me hace sentir un ágrafo, un inútil, incapaz de decir lo que quiero decir.
        —Sí. Cuando terminas de dictar no puedes ni sentarte a pensar, buscas distracción a como dé lugar. Me distraigo imaginando cosas, pero no ayuda en nada. A veces sientes que el único lugar para escribir es dentro de la cabeza de uno.
        —¡ESO! Es eso.
        —Si fuera verdad, ya habría terminado mi obra maestra, vapuleado las teorías sobre el amor de Octavio Paz y exprimido la comprensión que se tiene sobre la obra de Vallejo...
        —Y yo ya estaría redactando mi ensayo sobre Eguren (o Eielson). 
        —¡Maldita sea!... Escritor dentro de la cabeza.

¿Cómo atreverme a pensar en el fin? o Carta de un director desencantado

He aquí un breve texto —escrito en junio del 2012— donde, además de hablar del futuro de Revista Estereograma, nuestro proyecto editorial original, también se explica entre líneas la existencia —en ese entonces, aún impensada— de El Gran Vidrio

1.

¿Cómo atreverme a pensar en el fin? ¿Cómo —inclusive— llegar a anunciar, con días de anticipación, que hoy leería una carta de despedida? La despedida de Estereograma. ¿Cómo? Si apenas anoche, vencido por la tentación de la nostalgia, rescaté de una enorme bolsa de plástico, empolvada desde hace ya mucho tiempo, los pocos ejemplares sobrantes de la primera edición de Estereograma: la desconcertante menos nueve. Es verdad que meses atrás ya había anunciado que no nos quedaban más ejemplares disponibles. Todos habían sido vendidos, obsequiados o, en el peor de los casos, perdidos. Sin embargo, estos nueve ejemplares se hallaban conservados bajo esas condiciones, es decir, dentro de una bolsa, encima de mi fiel mueble de libros, porque requerían de una ligera corrección en el refilado de algunas de sus páginas. Detalle corriente cuando se imprime de forma apresurada y uno no tiene experiencia en la labor editorial. Bastaba coger una tijera —tal como anoche lo hice— y tener cuidado de no estropear nada. Si la desidia fue más fuerte en el pasado, evitando que dichos ejemplares fuesen arreglados como tenía que suceder y, así, lograsen ser vendidos, hoy creo saber por qué. Indudablemente, se trataba de una nueva oportunidad. 

2.

Cuando Estereograma comenzaba a ser ideada —les hablo de mediados del 2007, todavía estaba en la universidad, y ya para esa época estaba seguro de que la crítica no era lo mío, mientras que con la creación me hallaba en medio de un tremendo conflicto—, les decía, cuando ideaba la revista, busqué como primeros referentes a publicaciones del tipo Colónida, Amauta o Las Moradas. Ninguna revista local del momento me parecía atractiva. Ni Etiqueta Negra ni ArtMotiv. Y si alguien vuelve su vista al pasado, entre tantos motivos, debe ser porque no encuentra agradable el presente. Porque cree que allí alcanzará las respuestas que necesita. Eso sucedía conmigo. Y es que en la facultad de Letras de San Marcos solo podían existir dos tipos de revista. Por un lado, las que otorgaban mayor valor a la reseña, al análisis crítico típico del mundo académico, a la producción teórica amparada en modelos y esquemas importados del otro lado del mundo. Y del otro lado, en cambio, estaban las que solo reconocían como material digno de ser publicado a los poemas y a los cuentos que tanto amigos como extraños pudiesen haber escrito para ellos. Tenía que existir un punto medio.

3.

Así que antes de llegar al ensayo —a la meta que actualmente perseguimos— creí que para llegar a nuestra propia identidad, a nuestra señal que nos diferenciaría del resto, bastaría con ser un tanto traviesos, incómodos para los estándares de la academia. Éramos simples estudiantes de Literatura, después de todo. De modo que produciríamos artículos de corte formal, como los que se suelen pedir de clase en clase, pero dedicados a temas, aparentemente, absurdos o impertinentes. Todavía recuerdo algunos de ellos: “La vecindad del Chavo” y la identidad Latinoamericana, La Nueva Ola y el paso a la modernidad de la sociedad limeña, Toribio Anyarín Injante y la noción popular de cultura… etcétera. Pero descubrí, algo tarde, ciertamente, que ya se venía llevando a cabo —y desde hacía un buen par de años— aquellos candorosos actos de sedición. Los estudios culturales se encargaban de todo ello. Es más, incluso, era uno de los cursos electivos que se dictaban en la facultad. Fue así como caí en cuenta que no había que ser un revoltoso o un alborotador para provocar un verdadero impacto. Aún así, algo de aquel espíritu “rebelde”, “iconoclasta”, quedaría registrado en un solo detalle muy sutil: la numeración invertida.

4.

Mientras tanto apareció la segunda edición, la tan ansiada menos ocho. Y entre una y otra edición, pero también dentro y alrededor de ellas, nos percatamos de algo cierto, y por ende, tan cruel: no existían ensayistas. Por eso sufríamos siempre que sacábamos nuestras convocatorias. Por eso, también, nos demorábamos conversando con nuestros posibles redactores sobre cómo debían ser, hacía dónde debían apuntar, al momento de escribir los textos que les solicitábamos. Y es que el ensayo es un género flexible que permite que junto a la debida expresión estética —por su clara filiación literaria—, podamos también encontrar la directa exposición de ideas por parte del autor. En el ensayo el autor real coincide con el autor textual. El camuflaje que otorgaba la ficción se termina. Pero tuvimos que seguir mirando hacia atrás. Ya que el ensayo, como género sin estricto fin académico, tuvo en la generación del cincuenta, para el ámbito local, a sus últimos exponentes de calidad. Lo que vendría después, solo sería una acumulación de individualidades, todos náufragos en sus propias islas, un archipiélago en el tiempo. Hoy aquella fina telaraña debe ser recogida y vuelta a hilar para expandirla sobre nuestros mundos: interior y exterior.

5.

Ensayistas. Ni siquiera nosotros mismos lo éramos. De allí que nos hayamos propuesto llegar a ser —antes— ensayistas como para poder —posteriormente— editar Estereograma. Este es el motivo del receso: la honestidad. Sincerémonos: “ensayistas” es tan solo una etiqueta. Y es que el ensayo fue la única nave que se ajustó a nuestros propósitos. Nos permite ir, sea para explorar, sea para extraviarnos, a cualquier territorio, en cualquier momento. Podremos decir que escribimos ensayos, pero la verdad es que se tratarán —si es que todavía resulta inteligente continuar con la división de los géneros— de poemas en prosa, de narraciones arboláreas, de una sucesión de reflexiones, de interrogantes, de imágenes, de emociones, de historia y de búsqueda personal. Entonces, el ensayo —nuestra versión de ensayo— vendría a ser una forma de escribir basada en los siguientes valores: la subjetividad (ya que no existe ensayo sin yo que lo componga), la hibridación (pues se reúnen experiencias e ideas, bajo la consigna de que lo único que nos puede pertenecer en la vida es la búsqueda, siendo el ensayo un registro de los vínculos hallados alrededor de uno) y la acentricidad (brindando inquietud antes que sosiego, todo ensayo debería aspirar a ello).