martes, 23 de abril de 2013

¿Cómo atreverme a pensar en el fin? o Carta de un director desencantado

He aquí un breve texto —escrito en junio del 2012— donde, además de hablar del futuro de Revista Estereograma, nuestro proyecto editorial original, también se explica entre líneas la existencia —en ese entonces, aún impensada— de El Gran Vidrio

1.

¿Cómo atreverme a pensar en el fin? ¿Cómo —inclusive— llegar a anunciar, con días de anticipación, que hoy leería una carta de despedida? La despedida de Estereograma. ¿Cómo? Si apenas anoche, vencido por la tentación de la nostalgia, rescaté de una enorme bolsa de plástico, empolvada desde hace ya mucho tiempo, los pocos ejemplares sobrantes de la primera edición de Estereograma: la desconcertante menos nueve. Es verdad que meses atrás ya había anunciado que no nos quedaban más ejemplares disponibles. Todos habían sido vendidos, obsequiados o, en el peor de los casos, perdidos. Sin embargo, estos nueve ejemplares se hallaban conservados bajo esas condiciones, es decir, dentro de una bolsa, encima de mi fiel mueble de libros, porque requerían de una ligera corrección en el refilado de algunas de sus páginas. Detalle corriente cuando se imprime de forma apresurada y uno no tiene experiencia en la labor editorial. Bastaba coger una tijera —tal como anoche lo hice— y tener cuidado de no estropear nada. Si la desidia fue más fuerte en el pasado, evitando que dichos ejemplares fuesen arreglados como tenía que suceder y, así, lograsen ser vendidos, hoy creo saber por qué. Indudablemente, se trataba de una nueva oportunidad. 

2.

Cuando Estereograma comenzaba a ser ideada —les hablo de mediados del 2007, todavía estaba en la universidad, y ya para esa época estaba seguro de que la crítica no era lo mío, mientras que con la creación me hallaba en medio de un tremendo conflicto—, les decía, cuando ideaba la revista, busqué como primeros referentes a publicaciones del tipo Colónida, Amauta o Las Moradas. Ninguna revista local del momento me parecía atractiva. Ni Etiqueta Negra ni ArtMotiv. Y si alguien vuelve su vista al pasado, entre tantos motivos, debe ser porque no encuentra agradable el presente. Porque cree que allí alcanzará las respuestas que necesita. Eso sucedía conmigo. Y es que en la facultad de Letras de San Marcos solo podían existir dos tipos de revista. Por un lado, las que otorgaban mayor valor a la reseña, al análisis crítico típico del mundo académico, a la producción teórica amparada en modelos y esquemas importados del otro lado del mundo. Y del otro lado, en cambio, estaban las que solo reconocían como material digno de ser publicado a los poemas y a los cuentos que tanto amigos como extraños pudiesen haber escrito para ellos. Tenía que existir un punto medio.

3.

Así que antes de llegar al ensayo —a la meta que actualmente perseguimos— creí que para llegar a nuestra propia identidad, a nuestra señal que nos diferenciaría del resto, bastaría con ser un tanto traviesos, incómodos para los estándares de la academia. Éramos simples estudiantes de Literatura, después de todo. De modo que produciríamos artículos de corte formal, como los que se suelen pedir de clase en clase, pero dedicados a temas, aparentemente, absurdos o impertinentes. Todavía recuerdo algunos de ellos: “La vecindad del Chavo” y la identidad Latinoamericana, La Nueva Ola y el paso a la modernidad de la sociedad limeña, Toribio Anyarín Injante y la noción popular de cultura… etcétera. Pero descubrí, algo tarde, ciertamente, que ya se venía llevando a cabo —y desde hacía un buen par de años— aquellos candorosos actos de sedición. Los estudios culturales se encargaban de todo ello. Es más, incluso, era uno de los cursos electivos que se dictaban en la facultad. Fue así como caí en cuenta que no había que ser un revoltoso o un alborotador para provocar un verdadero impacto. Aún así, algo de aquel espíritu “rebelde”, “iconoclasta”, quedaría registrado en un solo detalle muy sutil: la numeración invertida.

4.

Mientras tanto apareció la segunda edición, la tan ansiada menos ocho. Y entre una y otra edición, pero también dentro y alrededor de ellas, nos percatamos de algo cierto, y por ende, tan cruel: no existían ensayistas. Por eso sufríamos siempre que sacábamos nuestras convocatorias. Por eso, también, nos demorábamos conversando con nuestros posibles redactores sobre cómo debían ser, hacía dónde debían apuntar, al momento de escribir los textos que les solicitábamos. Y es que el ensayo es un género flexible que permite que junto a la debida expresión estética —por su clara filiación literaria—, podamos también encontrar la directa exposición de ideas por parte del autor. En el ensayo el autor real coincide con el autor textual. El camuflaje que otorgaba la ficción se termina. Pero tuvimos que seguir mirando hacia atrás. Ya que el ensayo, como género sin estricto fin académico, tuvo en la generación del cincuenta, para el ámbito local, a sus últimos exponentes de calidad. Lo que vendría después, solo sería una acumulación de individualidades, todos náufragos en sus propias islas, un archipiélago en el tiempo. Hoy aquella fina telaraña debe ser recogida y vuelta a hilar para expandirla sobre nuestros mundos: interior y exterior.

5.

Ensayistas. Ni siquiera nosotros mismos lo éramos. De allí que nos hayamos propuesto llegar a ser —antes— ensayistas como para poder —posteriormente— editar Estereograma. Este es el motivo del receso: la honestidad. Sincerémonos: “ensayistas” es tan solo una etiqueta. Y es que el ensayo fue la única nave que se ajustó a nuestros propósitos. Nos permite ir, sea para explorar, sea para extraviarnos, a cualquier territorio, en cualquier momento. Podremos decir que escribimos ensayos, pero la verdad es que se tratarán —si es que todavía resulta inteligente continuar con la división de los géneros— de poemas en prosa, de narraciones arboláreas, de una sucesión de reflexiones, de interrogantes, de imágenes, de emociones, de historia y de búsqueda personal. Entonces, el ensayo —nuestra versión de ensayo— vendría a ser una forma de escribir basada en los siguientes valores: la subjetividad (ya que no existe ensayo sin yo que lo componga), la hibridación (pues se reúnen experiencias e ideas, bajo la consigna de que lo único que nos puede pertenecer en la vida es la búsqueda, siendo el ensayo un registro de los vínculos hallados alrededor de uno) y la acentricidad (brindando inquietud antes que sosiego, todo ensayo debería aspirar a ello).

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